Actualmente no existe ningún diagnóstico concluyente de esta enfermedad y tan solo se puede diagnosticar de forma definitiva con una biopsia cerebral.

Aunque el diagnóstico de la enfermedad es muy complejo, sobre todo en las fases iniciales, es muy importante acudir a los médicos especialistas con prontitud ante las primeras señales de alarma que podamos sospechar de la enfermedad, pues es muy importante un diagnóstico precoz. Los síntomas de la enfermedad a nivel general que deben ser observados durante semanas o meses mediante evaluaciones sucesivas para constatar el diagnóstico y evolución son:

  • Déficit de memoria a corto plazo. Es lo que se denomina amnesia. Tal y como detallé en el capítulo referente al hipocampo, este síntoma se relaciona con una afección directa en esta estructura cerebral. No obstante, hay que tener en cuenta que la pérdida de memoria es un síntoma de degeneración propio de la edad sin que signifique necesariamente que toda persona mayor de 65 años que tenga pérdidas de memoria padezca la enfermedad. Con la evolución de la enfermedad la amnesia pasa a la memoria semántica y episódica. (GDS 4 en adelante).
  • Problemas con función ejecutiva. Es típico de fases iniciales de la enfermedad (GDS 2 y 3) la dificultad para mantener la atención, concentrarse y hacer tareas de planificación básica.
  • Alteraciones del lenguaje. Dificultades para seguir una conversación, lectura o utilizar las palabras adecuadas. Esto se da a partir de demencia moderada (GDS 5-6).
  • Desorientación y dificultad de realización de tareas propias del día a día. Una característica de los pacientes en grados iniciales que dan la señal de alarma a familiares además de los dos anteriores, son estos (GDS 2-3).
  • Trastorno del sueño. La alteración del cortisol y otras catecolaminas influyen en la calidad y cantidad del sueño, como veremos más detalladamente con posterioridad. Se da insomnio, inversión del ciclo del sueño, sueño fragmentado.
  • Depresión y ansiedad. Es característico que sobre todo en los grados iniciales (GDS 2-3) de la enfermedad, el paciente muestre una no aceptación de la enfermedad que, unido al trastorno de los niveles de catecolaminas y las reacciones de familiares y amigos, junto con las lesiones cerebrales, puedan conducir en algunos casos a síntomas como llanto, sentimientos de culpa e inutilidad, tristeza, anhedonia, sentimiento de ser una carga, falta de esperanza, etc. Podríamos decir que es el síntoma psicológico más común en esta enfermedad, unido a la apatía (desinterés por el entorno) y la ansiedad.
  • Trastorno del apetito. Es típico de estos pacientes el aumento o la disminución del apetito.
  • Delirio, alucinaciones. En los GDS 5-6 es habitual la presentación de estos síntomas. Las alucinaciones son más frecuentes visuales que auditivas. Vienen a ser impresiones sensoriales o perceptivas que acontecen sin que exista un estímulo real que las provoque. Los delirios son creencias falsas que se fundamentan en conclusiones incorrectas sobre la realidad y que la persona mantiene a pesar de las evidencias. Pueden tomar diversas formas: creencia de que las personas que viven en su casa son extraños, que las personas que salen en la televisión entran en su casa, de robo, de infidelidad, de abandono, etc.
  • Agitación e irritabilidad. También es típico de los GDS 5-6 y suelen ir unidos a los anteriores. En estos casos es muy importante la intervención de la familia y de las personas que lleven adelante los cuidados de los pacientes y la relación con otros pacientes. En los grados iniciales son habituales cambios de humor sin llevar a esa irritabilidad de grados más avanzados.

Actualmente no existe ningún diagnóstico concluyente de esta enfermedad y tan solo se puede diagnosticar de forma definitiva con una biopsia cerebral. De ahí la importancia de la intervención diagnóstica de profesionales multidisciplinares (neurólogo, psicólogo, fisioterapeuta, trabajador social, etc.) e incluso de la familia.

El diagnóstico debe realizarse con un adecuado examen cognitivo, un análisis de sangre que descarte otras patologías y una resonancia magnética o TAC cerebral que confirme el deterioro en la masa cerebral, compatible con otras demencias. También puede ayudar al diagnóstico una punción lumbar para determinar proteína amiloide.

Una vez realizado el diagnóstico y evaluado en el GDS en que quedaría encuadrado el paciente, según los síntomas y la acentuación de los mismos con test mini mental en el que se evalúe, además del lenguaje, el cálculo, la atención, el razonamiento orientación y memoria, la reminiscencia (técnica encaminada a evaluar la memoria episódica mediante la evocación de recuerdos) e incluso praxias (habilidad para manipular objetos), comprobando así la función motora, se procederá a una evaluación individual con un nuevo test MMSE con evaluación de praxias cada mes, con el fin de comprobar la evolución no solo a nivel de memoria, escritura, lenguaje, sino también las relaciones sociales y desde el punto de vista afectivo–relacional, y posteriormente una nueva evaluación anual.

No obstante, como hay un periodo lógico de adaptación inicial, tras la primera evaluación, se debe realizar una segunda una vez transcurridas dos semanas. Es muy importante en estos casos la labor del trabajador social a través de entrevistas, para comprobar las rutinas diarias del paciente.